El edificio que llegó a Recoleta en barco desde París
En pleno eje de Avenida Santa Fe, a la altura de Montevideo, se levanta uno de esos edificios que explican por qué la Ciudad de Buenos Aires ganó el apodo de “París de Sudamérica”. No se trata solo de una fachada afrancesada ni de molduras ornamentales: buena parte de sus componentes llegó directamente desde Europa en barco, en una época en la que construir implicaba importar desde herrajes hasta pisos completos.
Ese dato no es menor. Define tanto el valor patrimonial como la experiencia de habitar un inmueble que no replica un estilo, sino que lo contiene en su materialidad original.
El edificio forma parte de lo que históricamente se conoció como la Gran Vía del Norte (hoy Avenida Santa Fe), un corredor que marcó el desplazamiento de la elite porteña hacia Recoleta y Barrio Norte tras la epidemia de fiebre amarilla. Allí se consolidó un modelo urbano con fuerte influencia francesa, donde la arquitectura buscó reflejar poder económico y conexión cultural con Europa.
Estos edificios no son simples reproducciones, muchos incorporaron piezas traídas directamente desde Francia: pisos de roble de Eslavonia, mármoles, herrajes y elementos decorativos que hoy resultan difíciles de replicar. Esa diferencia eleva el estándar frente a otras propiedades de estilo.
Los techos de gran altura, que superan ampliamente los tres metros, la escala de los ambientes y la presencia de detalles originales configuran un tipo de producto escaso. Incluso en comparación con París, donde muchos edificios similares no cuentan con ascensor, este caso incorpora esa comodidad pese a su antigüedad.
El arquitecto Fernando Lorenzi describe un contexto en el que la Argentina era un país importador de bienes, sin desarrollo industrial suficiente en materiales clave.
“Antes de la consolidación de la industria del cemento o la metalurgia local, los componentes constructivos viajaban en barco desde Europa. Desde estructuras hasta terminaciones, todo podía formar parte de esa logística. Luego, los materiales se trasladaban en carretas hasta la obra“.
Esa dinámica explica por qué muchos edificios de la época tienen una calidad y un nivel de detalle que hoy resultan excepcionales. También ayuda a entender la homogeneidad estética que logró Buenos Aires en determinados sectores, con fuerte impronta del academicismo francés, el Art Nouveau y, más tarde, el Art Déco.
La influencia no se limitó a lo arquitectónico. También definió la traza urbana, con avenidas amplias y una planificación inspirada en las transformaciones de París durante el siglo XIX.
El edificio fue proyectado por los arquitectos Eugene Gantner y Albert Guilbert, dos referentes clave en la consolidación del estilo francés en Buenos Aires a comienzos del siglo XX. Asociados desde antes de 1900, participaron en el desarrollo de obras tanto institucionales como residenciales, entre las que se destaca la de Santa Fe 1661, un exponente claro del academicismo francés, con materiales, proporciones y detalles propios de la arquitectura parisina.
Gantner desarrolló una extensa trayectoria en la ciudad y mostró una notable versatilidad estilística. Obras como el Pasaje Roverano, el Palacio Ortiz Basualdo, el Templo Libertad y la Casa Matriz del Banco Francés del Río de la Plata reflejan su capacidad para moverse entre el academicismo, el eclecticismo y las primeras corrientes modernas. A lo largo de su carrera trabajó junto a figuras como Paul Pater, Jorge Bunge, Henri Nenot y Alejandro Enquin, lo que consolidó su rol dentro del desarrollo arquitectónico porteño.
Por su parte, Guilbert contó con una destacada obra en Europa, con una evolución que partió del Beaux Arts y el eclecticismo de fines del siglo XIX, avanzó hacia un “segundo” Art Nouveau en fusión con el regionalismo y derivó luego en formas más depuradas del Art Déco. Esa formación se trasladó a Buenos Aires, donde dejó su impronta en proyectos de gran escala, entre ellos el Edificio Compañía de Seguros Sud América y el Pasaje Europa de Barracas.
Lorenzi señaló que “este tipo de obras reflejan no solo una influencia estética europea, sino también una forma de construir ciudad en un contexto donde el diseño, la logística y la ejecución requerían un nivel de planificación y dedicación difícil de replicar en la actualidad”.
Ese conjunto de factores explica el valor patrimonial que hoy conservan estos edificios dentro del mercado porteño.
