Remodelación de la Confitería Ideal

Antes de su cierre, hace tres años, la confitería Ideal -situada en Suipacha 384, en el barrio de San Nicolás, y declarada café notable- sufrió un larguísimo proceso de decadencia. El lugar buscó reconvertirse como tanguería hasta que cerró sus puertas.

Hasta que en 2016 un grupo gastronómico compró la Ideal y proyectó una completa renovación, respetando la fisonomía original que le dio su fundador, el inmigrante gallego Manuel Rosendo Fernández, cuando la inauguró, en 1912, según se consigna en el catálogo Cafés notables de Buenos Aires, redactado por Horacio Julio Spinetto y editado por el gobierno porteño. Para lograrlo, trabajan allí especialistas en bronces, maderas, estucos, dorados a la hoja y vitrales, entre otras especialidades. Además de una multitud de albañiles.

Y aunque se calcula que las obras aún tomarán varios meses, ya es posible observar algunos avances evidentes. Por ejemplo, ya luce en todo su esplendor la fastuosa cúpula con claraboya que corona el salón del segundo piso, compuesta de unos 60 paneles de vitrales y de una intrincadísima moldura elaborada con la milenaria técnica natural de cartapesta. Además, fue liberada de una estructura exterior que impedía el ingreso de luz natural.

«Con la restauración, la Ideal recuperó su luminosidad original, que se había perdido por el progresivo oscurecimiento de los estucos y las boiseries, hasta convertirla en un lugar lúgubre», explicó el arquitecto Alejandro Pereiro, del estudio Pereiro, Cerrotti & Asociados, especializado en proyectos gastronómicos, como los que desarrolló en los restaurantes Fervor y Piegari Carnes o el café Petit Colón, ahora a cargo de esta obra.

También lucen radiantes los estucos y los dorados a la hoja de las molduras de los cielos rasos, a 4,8 metros del piso, y de los capiteles de la docena de columnas que engalanan cada uno de los dos salones principales. Además, ya fue acondicionada toda la boiserie de cedro y raíz de guindo, detrás de la cual fueron disimulados 44 acondicionadores de aire.

Agustina Esperón Ahumada, restauradora de obras de arte, es la responsable de la puesta en valor de los dorados a la hoja, los muros y las boiseries. Además, se encargó de restaurar las laberínticas molduras de la cúpula, compuestas en cartapesta: «Se emplean fibras de cáñamo, tizas, colas extraídas de huesos de animales y carbonato de calcio», enumeró. Detalló que esta técnica permite que la estructura sea muy liviana a pesar de su gran tamaño.

En tanto, la restauración de los vitrales de la claraboya y la fachada corresponde a María Paula Farina Ruiz, formada en el Centro Internacional de Vitrales de Chartres, Francia, que calculó que el trabajo le tomará unos seis meses.

El área de pastelería y repostería, que será de elaboración propia, ocupará el mismo lugar que antaño: las largas vitrinas, que también están siendo restauradas, se ubicarán al frente del salón de la planta baja, no bien se cruza la puerta de entrada.

El edificio completo abarca unos 2.000 metros cuadrados, distribuidos en tres plantas y dos entrepisos. Una amplia escalera conecta el salón principal de la planta baja con el del primer piso, cada uno de unos 400 metros cuadrados.

Revisando los planos, se descubrió que el diseño original incluía en el cielo raso del salón de la planta baja una enorme abertura que permitía disfrutar desde allí la vista de la cúpula ubicada en la segunda. Sin embargo, se presume que en la década del 70 ese hueco fue tapado con el fin de convertir al piso superior en pista de baile.

Ricardo Pinal, director del Museo de la Ciudad, explicó que estas confiterías centenarias funcionaban en sus orígenes como «grandes espacios de sociabilización», aunque las distinguió de los tradicionales cafetines porteños de barrio, concurridos cotidianamente por la clase media.

«Mucha gente iba a la Ideal o al Molino a verse y a mostrarse», dijo. Agregó que había «algo de aspiracional» en asistir a esos lugares, que presentaban un refinado menú diseñado por un gran chef y una pastelería exquisita de elaboración propia, y donde podían apreciarse los últimos giros de la moda. «Eran lugares especiales: como si hoy alguien fuera a tomar un café al bar del Hotel Alvear o al del Duhau», graficó, y precisó que los salones tenían más movimiento «por la tarde», cuando aparecían distintos artistas, escritores o músicos.

Aunque en las últimas décadas la Ideal funcionó como tanguería, aún no está decidido si allí se volverá a bailar. «La Ideal nunca contó con un espacio específico para bailar tango, sino que de acuerdo con el evento utilizaban un sector de los salones», explicó Pereiro, y consideró que aún es demasiado temprano para decidir algo al respecto. «Se hará lo que las circunstancias aconsejen en el desarrollo de la actividad del emprendimiento», concluyó.

Visitantes ilustres

La confitería recibió en sus mesas a una cantidad incontable de figuras notables nacionales y extranjeras: entre ellas, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Luis Sandrini, Juan Domingo Perón, Eva Duarte de Perón, Joan Manuel Serrat, Maurice Chevallier, María Félix y Robert Duvall, Yoko Ono, Björk y Charlie Watts, baterista de los Rolling Stones.

La Ideal también fue utilizada como locación para distintas películas: “Evita”, de Alan Parker, o “Tango”, de Carlos Saura. Madonna bailó con el Che interpretado por Antonio Banderas. En el primer piso de la confitería Ideal hubo ritmos de rumba, foxtrot, tango y milonga. Cuarenta parejas de bailarines fueron contratadas por Parker para dar ambiente a esta escena durante la filmación de “Evita”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *