El castillo que emergió con la demolición del puente de Juan B. Justo

Cuando demolieron el puente de Juan B. Justo para elevar las vías del tren San Martín, de pronto apareció ante la vista de los porteños un tesoro arquitectónico tapado durante décadas por el viaducto: hoy, quienes transitan por la avenida Córdoba a la altura de Juan B. Justo no dejan de sorprenderse ante la extraña imagen de tres torres, típicas de los castillos, que sobresalen por encima de las medianeras de Villa Crespo. A qué edificio pertenecerán, quién será su dueño, cuándo se construyó, para qué es utilizado, si estará protegido y cuál será su futuro son algunos de los interrogantes que asaltan a los automovilistas cuando se detienen en el semáforo del cruce.

La dirección exacta del enigmático castillo es Darwin 1251, casualmente entre la calle también llamada Castillo y una pequeña cortada paralela a Córdoba, Jufré. Allí se levanta un pequeño fortín abandonado, en medio de una zona donde se mezclan viviendas precarias, depósitos y talleres de artistas, con otros inmuebles más modernos en el área catalogada como Distrito Audiovisual y que empezó a ser conocida como Little Darwin luego de la demolición del Puente de la Reconquista ocurrida hace casi dos años.

El castillo es una isla dentro de ese entramado urbano: remite a las usinas de electricidad de principios del siglo XX que eran auténticamente neorrománicas, como la Usina del Arte en Barracas, aunque esta última sea de mucho mayor escala; también, a la construcción ubicada a dos cuadras, la casa Enrico Dell’Acqua y Cía., una exfábrica de lana y algodón transformada en lofts.

En el frente de Darwin 1251 se destaca un enorme portón con vidrios rotos y grafitis que dan cuenta de su abandono, aunque no se lo visualiza como en estado ruinoso o irrecuperable. “Se pueden apreciar los ladrillos rojos combinados con las aberturas en arco de medio punto remarcadas en color claro, al que se recurre también para las almenas en el remate y las torretas, típicas del románico y del neorrománico, un lenguaje arquitectónico de entre fines del siglo XIX y principios del XX”, explicó la arquitecta Marta García Falcó, investigadora en patrimonio cultural.

Otra de las incógnitas que hay alrededor de la construcción es su fecha de inauguración, hecho que acrecienta el misterio. Sin embargo, a simple vista se percibe que es contemporánea y, según informó la Secretaría de Desarrollo Urbano porteña, la obra no está protegida. “Es un hibrido, sin estilo ni valor arquitectónico. No se lo puede catalogar, ni siquiera como ecléctico”, agregó el arquitecto Jorge Caramés, asesor de la Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y de Bienes Históricos. “El recurso de utilizar lenguajes historicistas y no puros quizá responda a representar una marca de fábrica, o simplemente a dejar un sello en la zona”, señaló.

Consultado, el gobierno porteño explicó que en la actualidad la propiedad pertenece al Instituto de Vivienda de la Ciudad (IVC). “El lugar no está habitado y se realizarán obras necesarias para que queden habilitadas nueve viviendas en su interior”, dijeron fuentes del IVC, sin brindar detalles sobre el inicio de las obras, aunque dejaron en claro que “no será demolido”.

El inmueble formaba parte de la traza de la ex-Autopista Central 3 del Plan General de Autopistas, diseñado por la última dictadura militar, agregaron. Si se tienen en cuenta estos datos, se desprende que, cuando surgió el proyecto de realizar allí la autopista que correría en forma perpendicular a Córdoba, expropiaron la franja y algunas construcciones fueron demolidas, pero el castillo afortunadamente no lo fue.

Según se pudo rastrear a partir de registros oficiales, habría sido construido en la década del 70, tiene una superficie cubierta de 1341 metros cuadrados y posee cuatro plantas. Consultado el arquitecto Antonio Machado, autor de un blog sobre patrimonio, dijo que tenía recuerdos de haber pasado por el lugar en la década del 80, de preguntarles a los vecinos sobre el edificio y que respondieran que allí funcionaba una discoteca. También pudo averiguar que más tarde, en 1997, funcionó como sede de un partido político, aunque es imposible decir de cuál.

¿Qué saben los vecinos de la Comuna 15 sobre la historia de esta rareza arquitectónica? En lo único en que coinciden los relatos, es en que el edificio es conocido como “el castillo”. El resto son todas versiones encontradas sobre el misterioso inmueble.

En la casa de sepelios San Jorge de la avenida Córdoba dicen que “se sabía en el barrio que algunas habitaciones eran utilizadas como prostíbulo”. Para la vecina Estela Ocanto, en cambio, los recuerdos fueron otros muy distintos: “Allí se hacían grandes obras de beneficencia, fue sede del Ejército de Salvación”.

Oscar Milanesio, el entrevistado de mayor edad, exdueño de una gomería, es quien parece recordar con más precisión: “En el interior del castillo funcionaba una envasadora de fragancias”, afirma. Su dueño fabricaba el perfume para hombres Reynolds, pero luego envasó los de mujeres 7 Brujas y Gloria Vanderbilt, de la famosa marca de jeans.

Aparentemente la fábrica funcionó durante las décadas del 70 y el 80, y tenía las oficinas administrativas por la calle Gurruchaga al 800, también en Villa Crespo. Poseía las patentes para elaborar en Buenos Aires fragancias importadas, explica Milanesio. Su dueño habría sido un empresario español amante del estilo medieval, por lo que mandó a realizar esa construcción y a ornamentar las chimeneas de la fábrica como si fueran torreones. Cuando murió, en los 90, su emprendimiento terminó.

Cacho Gallardo, dueño de un taller de electricidad del automóvil, cuenta que “el edificio está abandonado hace muchos años, vivieron inmigrantes, luego estuvo tomado y las familias se tuvieron que ir”. Otro vecino, quien no quiso dar su nombre, dice que “Darwin 1251 fue vendido por el gobierno porteño a un emprendimiento inmobiliario privado, ya que según el Estado es un bien que no tiene finalidad alguna”, pero esto contradice la versión oficial.

Ahora que la zona crecerá con desarrollos bajo las vías del tren San Martín, resta saber si en el futuro la obra se preservará como joya visual y arquitectónica para el barrio, los vecinos y la ciudad. Su agitada historia lo amerita: una peculiar construcción que pasó de ser discoteca a unidad partidaria, prostíbulo, sociedad de beneficencia, fábrica de perfumes y vivienda. ¿Qué más se le puede pedir? Tal vez, que abra sus puertas a la comunidad y deje de ser un castillo fantasma.

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