El Hipódromo de Palermo cumplió 150 años de historias y multitudes
El Hipódromo de Palermo, catedral de una pasión porteña en repliegue como el turf, cumplió el jueves 7 de mayo 150 años. Y es el escenario deportivo más antiguo de la ciudad de Buenos Aires, con más de medio siglo de ventaja sobre el estadio de Ferro Carril Oeste que, desde 1906, se levanta en los terrenos de Caballito que alguna vez fueron del ferrocarril Buenos Aires al Pacífico.
Construido en lo que hoy es una de las zonas más caras y distinguidas de la ciudad, el hipódromo de Palermo inició su historia cuando el entorno era totalmente diferente. Y el arroyo Maldonado, límite norte de Buenos Aires, por encima del cual hoy corre la avenida Juan B. Justo, un mísero arrabal lleno de pirigundines de mala muerte, guapos y prostitutas. En verdad, la pista se construyó fuera de la ciudad, en territorio de lo que por entonces era la localidad de Belgrano y que recién cuatro años después, en 1880, se incorporó como un barrio a los planos porteños, luego de la federalización de Buenos Aires y su conversión como la capital de la República Argentina.
La pasión por las carreras de caballos viene desde el fondo de nuestra historia. A partir de la segunda década del siglo 19, hubo cuadreras en Barracas con animales traídos por los gauchos desde zonas rurales de la provincia de Buenos Aires y, en 1857, la colectividad inglesa levantó en Belgrano el llamado “Circo de las Carreras”, un amplio espacio comprendido entre las actuales calles Olazabal, Cramer, Melián y Pampa que fue loteado años después para construir las casas de los trabajadores del ferrocarril de Buenos Aires a Campana. Cuando los trenes extendieron su recorrido hasta Rosario, el barrio tomó su actual denominación, Belgrano R.
La necesidad de un nuevo escenario hizo que en 1875 la municipalidad de Belgrano acordara con una sociedad privada instalar un nuevo hipódromo en una zona de pantanos y bañados junto al arroyo Maldonado, por entonces el límite norte con la ciudad de Buenos Aires. Se lo denominó Hipódromo Argentino y se lo inauguró hace exactos 150 años: el 7 de mayo de 1876 y ante una multitud estimada en 10 mil espectadores, el caballo Resbaloso ganaba allí la primera carrera de un programa de siete pruebas.
Faltaban diecisiete años todavía para que empezara a jugarse fútbol de manera oficial en Buenos Aires y el primer partido oficialmente registrado se disputó el 23 de junio de 1867 en el campo de deportes del Buenos Aires Cricket Club, donde hoy se erige el Planetario de la ciudad. De los escasos sitios destinados en ese entonces a la práctica de los deportes y las competencias al aire libre, el Hipódromo de Palermo es el único que ha llegado intacto hasta nuestros días. Pero los tiempos han pasado y el turf ya no atrae tanto a las multitudes. Las suntuosas instalaciones de otrora deben albergar también otro tipo de actividades, como algunos grandes shows musicales, festivales del asado, la hamburguesa y ferias de tatuajes.
El edificio original era austero: tenía un palco oficial de madera para 1.600 personas, un sector para familias y amplios jardines. Ocupaba más de sesenta hectáreas. Pero el gran cambio se dio en 1883, cuando el Hipódromo Argentino pasó a ser administrado por el Jockey Club de Buenos Aires, fundado un año antes por las familias más adineradas de la ciudad. Las instalaciones del hipódromo se constituyeron en uno de los lugares de paseo y reunión predilectos cada domingo de la alta sociedad porteña. En paralelo, los alrededores dejaron de tener aquel aspecto sórdido y marginal y se embellecieron para recibir al patriciado de fin de siglo.
Cuando el hipódromo empezó a quedar chico, porque además de los ricos, las clases populares también llegaban en trenes y tranvías para hacer sus apuestas y disfrutar del espectáculo hípico, en 1908 fue contratado para rediseñarlo el arquitecto francés Louis Fauré Dujarric. Su trabajo resultó tan extraordinario que aún hoy asombra la inspirada combinación de un estadio deportivo con una arquitectura refinada y palaciega. Sus salones interiores resumían la pompa y la circunstancia de una clase social que, con la mirada puesta en París, ya se asumía como la rectora de los destinos de la nación.
Sin embargo, Palermo no fue la única pista hípica de Buenos Aires: en 1887, un grupo de socios disidentes del Jockey Club, liderados por el general Francisco Bosch, inauguró en el bajo Belgrano, y en las proximidades del arroyo White, el Hipódromo Nacional, con instalaciones comparables con las del Hipódromo Argentino. Su vigencia fue breve: en 1911 dejó de organizar carreras, su mobiliario fue rematado dos años más tarde y recién en 1926 se procedió a la demolición de sus tribunas. En 1935, River Plate compró ese descampado y lo transformó en 1938 en el imponente estadio Monumental. La actual calle Victorino de la Plaza sigue el trazado de las rectas y la curva sur de la vieja pista. La curva norte quedaba donde ahora se levanta la tribuna Sívori.
Por los amplios espacios de Palermo convivían los aristócratas y los burreros; se paseaba hace 100 años la pinta invicta de Carlos Gardel, y Alfredo Le Pera se inspiró en ese ambiente rumoroso para componer su inmortal tango Por una Cabeza, uno de los himnos de la música popular argentina. Por sus pistas de arena, Irineo Leguisamo levantó carrera a carrera su leyenda de jockey perfecto y Marina Lezcano se convirtió en la jocketta máxima de todos los tiempos con 608 victorias y más de cien clásicos ganados.
Una tarde de Gran Premio Jockey Club o Nacional convocaba a más de cien mil personas que no podían apostar un peso sin consultar antes la Palermo Rosa o La Fija, las revistas especializadas. Con la iluminación, inaugurada en 1971, pudo correrse de noche. El turf fue una gran emoción porteña que, como otras tantas, supo de tiempos mejores en los que había que ir al hipódromo para quedarse ronco con un final cabeza a cabeza y jugarse un pálpito a suerte y verdad. De esa pasión de multitudes, Palermo sigue y seguirá siendo el templo mayor. El escenario deportivo más antiguo de Buenos Aires cumple este jueves 150 años como testigo de las grandezas y las miserias de la gran ciudad y sus gentes.
